A veces, no todo en la vida se reduce a un tipo de amor.
Este poema está dedicado a una de las personas más importantes de mi vida. Es él quien más a menudo de lo habitual es capaz de sacarme una sonrisa y provocarme tanta ternura como días tiene el año.
Lo escribí estando bastante lejos de él, cuando vivía en Madrid. Y quizás sea en esos momentos de soledad en que te das cuenta que no sólo echas de menos las lentejas de tu madre, sino el calor de una buena compañía. Y más especialmente, su compañía.
Hoy y siempre, te dedico este poema.
No
hay nada tan bonito
Por
cada una de tus miradas,
dos y
media de las mías.
Por
cada risa que te oigo,
me
vas regalando la vida.
Porque
cada vez que coges mi mano
pasa
el tiempo y no lo necesito
porque
disfruto más en el día.
Que
no hay nada más bonito
que
tu mano entre las mías.
Y tú,
me puedes con tu voz,
con
tu idioma inconcluso,
con
tu movimiento atroz,
torpe
y obtuso.
Tú
me puedes con tus ojos,
que
son mi alma y mi vida.
Que
no hay nada más bonito
que
la forma en que me miras.
Y me
llamas desde lejos
y, si
pudiera, yo iba.
Porque
eres mi sangre,
eres
la luz de mi día,
eres
mi mitad perdida.
No
imaginas en qué forma
avivaste
esta rosa podrida.
Por
cada uno de tus pasos,
dos
carreras de las mías.
Por
cada uno de tus sueños
yo
también caigo dormida.
Por
los besos que me tiras.
Porque
aún no sabes mi nombre.
Porque
lo sabrás un día.
Porque
eres el hombre de mi vida.
Porque
abrazarte cada segundo
es el
mejor de mis ritos
y mi
mayor alegría.
Porque
no hay nada en el mundo
más
tierno y más bonito,
tan
real y tan divino,
como
el poder decir
que yo soy tu tía,
y tú,
mi sobrino.
No hay comentarios:
Publicar un comentario