La mirada de los muertos
Bajo la cálida y tenue luz
de una candela apagada,
en la lúgubre estancia
de un habitáculo incierto,
dos almas funden su amor con
un beso
bajo la atenta mirada de los
muertos.
Él le acaricia el pelo,
ella roza su mejilla
con la yema de sus dedos,
él suavemente la abraza,
ella se deja amar sin recelo.
Un mismo deseo gobierna
la
mente de los amantes
mientras sollozan al mismo
tiempo,
y hacen de éstos dos fieras
agonizantes
bajo el rubor de los muertos.
Él la aproxima a su cintura,
ella se aferra con fuerza a
su espalda,
sobre el frío suelo
a los dioses aclaman
la loca felicidad de su alma.
Ella sonríe y, pensativa,
mira a los ojos de su
oponente,
él se enfrenta a ella,
cuerpo a cuerpo,
frente con frente,
ambos batallan una lucha
que muy pocos entienden.
Y en la inmensa oscuridad,
bajo el silencio gobernante,
cantan y aúllan los lobos
en la garganta de los
amantes.
La misma tierra tiembla
al movimiento de sus cuerpos,
los dioses, expectantes, lo
comentan
bajo la atenta mirada de los
muertos.
La luz del sol acecha
al horizonte del alba,
bañan sus recuerdos los rayos
que a la mañana acompañan.
Comenzó la guerra.
Terminó la batalla.
Así han de librarse los
conflictos
sin más armamento que dos
almas.
Y los muertos, que no callan,
hablan entre ellos, susurran,
comentan la jugada.
Ellos recuerdan que la vida
está para vivirla,
no para malgastarla.
Sonríen ahora
cuando sonreír no les sirve
de nada,
ríen y lloran con los vivos,
y añoran el tiempo de su
andanza.
Decía aquel poeta
“¡qué felices son los
muertos!”
yo digo; vive la vida con una
meta
pero llénala de recuerdos.
Canta y grita hasta perder la
conciencia.
Ama y odia con todas tus
fuerzas.
Que tus límites se ciñan
a la comprensión y el
respeto.
Que la felicidad y la tristeza
acompañen tus momentos.
Conoce tanto como puedas
la noche y el día.
Baila todo lo que aguante tu
cuerpo.
Al fin y al cabo, algún día,
seremos nosotros los muertos.
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