La siguiente prosa fue escrita y, por tanto, contada por una casualidad (o quizás una causalidad). Resultó que le pidieron a una amiga mía en clase de hacer una redacción sobre la amistad. Ella no se sentía preparada y me pidió ayuda. Entonces hice un poco de memoria e intenté acceder a aquellos recuerdos que me llevaran a sentir y catalogar el concepto de amistad para poder plasmarlo luego en el papel y, por supuesto, que a ella le pusieran buena nota.
No tardé mucho en recordar una vieja historia que había mantenido oculta en uno de los cajones del pasado. Un cajón viejo y polvoriento del que ya apenas me acordaba. Desenterré, entonces, uno de los momentos que más marcó mi infancia y el cual, por un motivo u otro, no había contado a nadie jamás... hasta ahora.
Quizás sea un poco larga, no lo niego. Pero me pidieron una redacción sobre la amistad. Aquí va la mía.
Mi
confesión
Corría el año 1992.
Era la época en la que todo parecía perfecto; las meriendas en casa
de la abuela eran verdaderos manjares, los charcos que se formaban en
las calles después de un día de lluvia estaban considerados el
mejor parque de atracciones, y juegos como la comba, el escondite y
“el pollito inglés” estaban a la orden del día.
En esos días tenía que
quedarme en casa de mis abuelos más tiempo de lo habitual. El
trabajo de mis padres, afortunadamente, abundaba y debían quedarse
hasta altas horas de la noche trabajando para continuar bien temprano
al día siguiente. Pero no importaba. Aunque los viera relativamente
poco, yo era feliz en casa de mis abuelos. Ellos me aportaban todo el
cariño que necesitaba.
Por aquel entonces no
existían las redes sociales, ni los móviles de última generación
con sistema android, ni tampoco nada que se pareciera a algo llamado
"whatsapp" con lo que comunicarte rápidamente con tus
amigos. No. La única forma de hacer amigos era bajar al parque y
jugar con el primer grupito que mejor vibración te diera.
Y así fue que...
No recuerdo exactamente
el mes, ni el día. Lo único que sé es que era primavera. La
alergia ponía en puesta a punto mi asma y todo para mí se reducían
a estornudos, aerosoles, ojos llorosos y nariz taponada. Aún así,
armada con pañuelo en mano, me dirigí a un grupo de niños que
jugaban escandalosamente en el jardín del barrio. Los veía tan
entretenidos que quería formar parte de su juego. Me acerqué a
ellos, divisé al "líder" y sin pensarlo dos veces me
acerqué a pedirle permiso para jugar. (Obviamente había jerarquías
que debían ser respetadas, ésto lo sabíamos todos). De una forma
poco adecuada, el susodicho "líder" me dio a entender que
no precisaban de más componentes en su divertimento, y me fui al
primer banco que vi con el ánimo más gacho que la cabeza.
Cuál fue mi sorpresa
cuando de pronto escuché una voz tímida que parecía salir de la
nada. Me dijo "Oye, si quieres podemos jugar los dos, tú "la
mogas". Giré la cara y allí estaba el que sería mi mejor
amigo de por vida. Jamás olvidaré ese rostro; pelo rubio como el
trigo en una melena que llamábamos "de taza", muy de moda
por la época. Tras unas gafas enormes y gruesas de color rojo se
escondían unos ojos azules tan tiernos e inocentes que eran capaces
de decir grandes verdades sin mucho esfuerzo. Era más bajo que yo,
pero corría mucho más rápido.
Le sonreí. Me sonrió.
Comenzamos entonces una
amistad que iba a durar el tiempo suficiente como para que fuésemos
casi inseparables. Él, Nicolás, vivía con su abuela en el mismo
barrio que yo, a pocos bloques del mío, pero íbamos a colegios
distintos. Las horas en clase por la mañana no parecían avanzar, no
veíamos el momento de llegar al parque y seguir nuestro juego, fuera
cual fuese, eso no importaba. Lo importante es que estábamos juntos,
sin ninguna maldad, sin ninguna intención más allá de dos
chiquillos que querían pasárselo bien.
La verdad es que sabía
muy poco sobre la familia de Nicolás. Él siempre me sonreía si le
preguntaba dónde estaban sus padres y por qué nunca iban a
recogerlo. Siempre era su abuela la encargada de ello y, a veces,
entablaba alguna conversación con mi abuelo, que poco entendíamos
nosotros,. La guerra, el dinero, lo bien que se vivía en ese
momento... daba igual. Sólo era nuestra excusa para seguir jugando
hasta bien entrada la noche. Pasamos así, al menos, tres años más.
La mañana de un sábado,
bajé como de costumbre al parque y esperé a Nicolás en el banco.
Corrían las horas y no venía. "Quizás esté malo",
pensé. Lo volví a intentar a la mañana siguiente. Y así, tarde
tras tarde, día tras día, esperaba a Nicolás en el banco donde nos
conocimos tres primaveras atrás, pero sin noticias suyas. Presionaba
insistentemente el botón del portero de la casa de su abuela, pero
nunca contestaba nadie. No podía creer que se fuera sin decirme
nada, que desapareciera sin más, yo lo sabría. Pero una vocecilla
dentro de mí me gritaba algo totalmente distinto: “algo no anda
bien con Nicolás, y tengo que saber qué es”.
Después de tres o
cuatro días más sin noticias suyas vi a su abuela caminando por el
parque, con la cabeza baja y una mirada perdida de desaliento. No lo
entendí, o quizás no quise entenderlo en ese momento. Me dirigí a
ella con toda la valentía que pude y sin más le pregunté por
Nicolás. Ella alzó la vista casi al cielo, luego me miró y vi cómo
una lágrima le dibujaba el contorno de las arrugas en su cara. Fue
una profunda mirada de mujer mayor, desgastada más por la vida que
por el tiempo. Me cogió de la mano, me sonrió con toda la ternura
con la que puede sonreír una abuela. En aquel momento supe que ese
día jamás se me olvidaría. Que ese momento se quedaría en mi
retina como la primera vez que vi a Nicolás.
- "Tú sabes que
Nicolás estaba muy malito, ¿verdad?"
Yo negué con la cabeza.
No mentía. Era cierto que no sabía nada, nunca me contó nada.
- "Hace unas
semanas, mi nieto se puso muy malito porque tenía una enfermedad muy
fea. Comenzó a toser mucho y tuve que llevarlo al médico. Como
estaba tan enfermo tuvo que quedarse en el hospital por muchos días
y no podía hablarte porque necesitaba respirar con una máquina
especial para los niños buenos. Hoy, cuando he ido a bañarlo,
Nicolás ya se había ido".
- "¿Se había ido?"
- pregunté desconcertada. Sabía exactamente lo que me quería
decir, pero no quería admitirlo.
- "Mi niña...
Nicolás está con Dios ahora. Ya no le duele nada. Está tranquilo,
y seguro que te mira desde arriba y te sonríe". La anciana no
pudo resistir mucho más tiempo su entereza. Me apretó fuertemente
las manos en señal de consuelo, estalló en lágrimas, y se dirigió
a su casa posiblemente para llorar como nunca había llorado en toda
su vida.
Mi reacción fue un poco
más tardía. No podía creerlo. No QUERÍA creerlo. No era posible.
Nicolás... mi amigo, mi hermano... jamás lo volvería a ver. Jamás
volvería a jugar con él. En ese momento todo mi mundo se vino
abajo. El único amigo que había tenido hasta entonces, el único
que me aceptó cuando no lo hizo nadie, el único con el que había
compartido tantas cosas... había muerto.
Los años pasaron,
llegaron muchas más primaveras y tardes en la plaza. Nadie me dio
una explicación para lo que ocurrió. Hasta que un día pregunté a
mi abuelo, él hablaba con aquella señora (a la que nunca más volví
a ver). Él podía saber la respuesta, sólo quedaba esa opción.
Mis dudas se despejaron.
Mis sospechas fueron ciertas a pesar de la gran mentira que había
creado en mi cabeza de que todo fue casual. Un simple resfriado...
La verdad era que
Nicolás tenía SIDA. Nació así porque su madre era una drogadicta
que murió en el parto y su padre se pasó la vida en una cárcel por
un delito de vaya usted a saber qué. Vivía con su abuela porque era
la única familia que le quedaba. Aquella tarde comenzó a toser, tal
como me contó la anciana, y con tanta fuerza que la sangre se hizo
evidente y tuvieron que salir corriendo a las Urgencias del Materno,
el hospital más cercano. Allí, tras examinarlo el médico no tuvo
más remedio que ponerlo en una habitación a esperar un desenlace
mientras una máquina respiraba por él. Me imaginé su cuerpecito,
menudo y canijo, sus gafas enormes y su pelo cobrizo. Todo en un
estado de pausa absoluta, como si algún dios hubiera querido
conservarlo con aquella belleza tan infantil. E imaginé su pecho
moviéndose al mismo son que la máquina. Sin esperarlo, comenzó a
toser más fuerte que nunca, tanto que se atragantó con su propia
sangre y murió ahogado sin que nadie pudiera agarrar si quiera su
mano.
Comencé a llorar. No
estuve ahí. No pude despedirme. No fui una buena hermana.
Muchos años han pasado
ya de ésto, exactamente 20 años desde que conocí a Nicolás. Y
puedo decir sin pudor alguno que no ha pasado un sólo día que no lo
recuerde. No sé exactamente qué hay después de esta vida, ni
siquiera estoy segura que haya alguna fuerza superior a nosotros.
Sólo sé que Nicolás me mira y me sonríe desde donde esté y que
esa mirada aguamarina detrás de sus enormes gafas me habla cada vez
que lo necesito.
Ésta es la historia de
cómo perdí a mi mejor amigo, de cómo gané un hermano. Ésta es la
primera vez que lo narro.
Ésta,
es mi confesión.
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