Al contacto del amor, todo el mundo se vuelve poeta.
Platón.

Bienvenida

¡Saludos!

La literatura forma parte de nuestra vida. Recuerdo que tuve entre las manos mi primer libro de poesía a la temprana edad de 7 años. Fue un regalo de mi padre que él se había comprado siendo pequeño.

Al principio no le presté mucho interés, pero en el momento en que abrí sus hojas y comencé a leer sentí un cosquilleo parecido al que sientes cuando ves a "esa persona", cuando encuentras algo que andabas buscando durante mucho tiempo, como cuando hueles tu comida favorita al llegar a casa o alguien te da un abrazo en el momento preciso.

Desde entonces mi amor por la lírica sólo ha ido creciendo y posiblemente no supiera en aquel momento qué quería hacer con mi vida, pero una cosa tenía clara: quería leer, escribir, recitar y amar la poesía para siempre.

En este blog encontraréis una recopilación de poemas de mi propia cosecha pertenecientes a mis libros "Al soñar con un poema", "En un rincón de tus ojos", "Cuentos de una niña loca", y "Y entonces... tú". Además encontrarás guías para analizar y recitar correctamente un poema, por qué es necesario aprender a realizar correctamente un análisis métrico y algunas impresiones sobre ellos.

Como decía Cicerón:

"Si junto a la biblioteca tienes un jardín, ya no te faltará nada".

¡Bienvenidos a La libretilla de Cris!

Prosa: Mi confesión



La siguiente prosa fue escrita y, por tanto, contada por una casualidad (o quizás una causalidad). Resultó que le pidieron a una amiga mía en clase de hacer una redacción sobre la amistad. Ella no se sentía preparada y me pidió ayuda. Entonces hice un poco de memoria e intenté acceder a aquellos recuerdos que me llevaran a sentir y catalogar el concepto de amistad para poder plasmarlo luego en el papel y, por supuesto, que a ella le pusieran buena nota.

No tardé mucho en recordar una vieja historia que había mantenido oculta en uno de los cajones del pasado. Un cajón viejo y polvoriento del que ya apenas me acordaba. Desenterré, entonces, uno de los momentos que más marcó mi infancia y el cual, por un motivo u otro, no había contado a nadie jamás... hasta ahora.

Quizás sea un poco larga, no lo niego. Pero me pidieron una redacción sobre la amistad. Aquí va la mía.




Mi confesión

Corría el año 1992. Era la época en la que todo parecía perfecto; las meriendas en casa de la abuela eran verdaderos manjares, los charcos que se formaban en las calles después de un día de lluvia estaban considerados el mejor parque de atracciones, y juegos como la comba, el escondite y “el pollito inglés” estaban a la orden del día.

En esos días tenía que quedarme en casa de mis abuelos más tiempo de lo habitual. El trabajo de mis padres, afortunadamente, abundaba y debían quedarse hasta altas horas de la noche trabajando para continuar bien temprano al día siguiente. Pero no importaba. Aunque los viera relativamente poco, yo era feliz en casa de mis abuelos. Ellos me aportaban todo el cariño que necesitaba.

Por aquel entonces no existían las redes sociales, ni los móviles de última generación con sistema android, ni tampoco nada que se pareciera a algo llamado "whatsapp" con lo que comunicarte rápidamente con tus amigos. No. La única forma de hacer amigos era bajar al parque y jugar con el primer grupito que mejor vibración te diera.

Y así fue que...

No recuerdo exactamente el mes, ni el día. Lo único que sé es que era primavera. La alergia ponía en puesta a punto mi asma y todo para mí se reducían a estornudos, aerosoles, ojos llorosos y nariz taponada. Aún así, armada con pañuelo en mano, me dirigí a un grupo de niños que jugaban escandalosamente en el jardín del barrio. Los veía tan entretenidos que quería formar parte de su juego. Me acerqué a ellos, divisé al "líder" y sin pensarlo dos veces me acerqué a pedirle permiso para jugar. (Obviamente había jerarquías que debían ser respetadas, ésto lo sabíamos todos). De una forma poco adecuada, el susodicho "líder" me dio a entender que no precisaban de más componentes en su divertimento, y me fui al primer banco que vi con el ánimo más gacho que la cabeza.

Cuál fue mi sorpresa cuando de pronto escuché una voz tímida que parecía salir de la nada. Me dijo "Oye, si quieres podemos jugar los dos, tú "la mogas". Giré la cara y allí estaba el que sería mi mejor amigo de por vida. Jamás olvidaré ese rostro; pelo rubio como el trigo en una melena que llamábamos "de taza", muy de moda por la época. Tras unas gafas enormes y gruesas de color rojo se escondían unos ojos azules tan tiernos e inocentes que eran capaces de decir grandes verdades sin mucho esfuerzo. Era más bajo que yo, pero corría mucho más rápido.

Le sonreí. Me sonrió.

Comenzamos entonces una amistad que iba a durar el tiempo suficiente como para que fuésemos casi inseparables. Él, Nicolás, vivía con su abuela en el mismo barrio que yo, a pocos bloques del mío, pero íbamos a colegios distintos. Las horas en clase por la mañana no parecían avanzar, no veíamos el momento de llegar al parque y seguir nuestro juego, fuera cual fuese, eso no importaba. Lo importante es que estábamos juntos, sin ninguna maldad, sin ninguna intención más allá de dos chiquillos que querían pasárselo bien.

La verdad es que sabía muy poco sobre la familia de Nicolás. Él siempre me sonreía si le preguntaba dónde estaban sus padres y por qué nunca iban a recogerlo. Siempre era su abuela la encargada de ello y, a veces, entablaba alguna conversación con mi abuelo, que poco entendíamos nosotros,. La guerra, el dinero, lo bien que se vivía en ese momento... daba igual. Sólo era nuestra excusa para seguir jugando hasta bien entrada la noche. Pasamos así, al menos, tres años más.


La mañana de un sábado, bajé como de costumbre al parque y esperé a Nicolás en el banco. Corrían las horas y no venía. "Quizás esté malo", pensé. Lo volví a intentar a la mañana siguiente. Y así, tarde tras tarde, día tras día, esperaba a Nicolás en el banco donde nos conocimos tres primaveras atrás, pero sin noticias suyas. Presionaba insistentemente el botón del portero de la casa de su abuela, pero nunca contestaba nadie. No podía creer que se fuera sin decirme nada, que desapareciera sin más, yo lo sabría. Pero una vocecilla dentro de mí me gritaba algo totalmente distinto: “algo no anda bien con Nicolás, y tengo que saber qué es”.

Después de tres o cuatro días más sin noticias suyas vi a su abuela caminando por el parque, con la cabeza baja y una mirada perdida de desaliento. No lo entendí, o quizás no quise entenderlo en ese momento. Me dirigí a ella con toda la valentía que pude y sin más le pregunté por Nicolás. Ella alzó la vista casi al cielo, luego me miró y vi cómo una lágrima le dibujaba el contorno de las arrugas en su cara. Fue una profunda mirada de mujer mayor, desgastada más por la vida que por el tiempo. Me cogió de la mano, me sonrió con toda la ternura con la que puede sonreír una abuela. En aquel momento supe que ese día jamás se me olvidaría. Que ese momento se quedaría en mi retina como la primera vez que vi a Nicolás.

- "Tú sabes que Nicolás estaba muy malito, ¿verdad?"

Yo negué con la cabeza. No mentía. Era cierto que no sabía nada, nunca me contó nada.

- "Hace unas semanas, mi nieto se puso muy malito porque tenía una enfermedad muy fea. Comenzó a toser mucho y tuve que llevarlo al médico. Como estaba tan enfermo tuvo que quedarse en el hospital por muchos días y no podía hablarte porque necesitaba respirar con una máquina especial para los niños buenos. Hoy, cuando he ido a bañarlo, Nicolás ya se había ido".

- "¿Se había ido?" - pregunté desconcertada. Sabía exactamente lo que me quería decir, pero no quería admitirlo.

- "Mi niña... Nicolás está con Dios ahora. Ya no le duele nada. Está tranquilo, y seguro que te mira desde arriba y te sonríe". La anciana no pudo resistir mucho más tiempo su entereza. Me apretó fuertemente las manos en señal de consuelo, estalló en lágrimas, y se dirigió a su casa posiblemente para llorar como nunca había llorado en toda su vida.

Mi reacción fue un poco más tardía. No podía creerlo. No QUERÍA creerlo. No era posible. Nicolás... mi amigo, mi hermano... jamás lo volvería a ver. Jamás volvería a jugar con él. En ese momento todo mi mundo se vino abajo. El único amigo que había tenido hasta entonces, el único que me aceptó cuando no lo hizo nadie, el único con el que había compartido tantas cosas... había muerto.

Los años pasaron, llegaron muchas más primaveras y tardes en la plaza. Nadie me dio una explicación para lo que ocurrió. Hasta que un día pregunté a mi abuelo, él hablaba con aquella señora (a la que nunca más volví a ver). Él podía saber la respuesta, sólo quedaba esa opción.

Mis dudas se despejaron. Mis sospechas fueron ciertas a pesar de la gran mentira que había creado en mi cabeza de que todo fue casual. Un simple resfriado...

La verdad era que Nicolás tenía SIDA. Nació así porque su madre era una drogadicta que murió en el parto y su padre se pasó la vida en una cárcel por un delito de vaya usted a saber qué. Vivía con su abuela porque era la única familia que le quedaba. Aquella tarde comenzó a toser, tal como me contó la anciana, y con tanta fuerza que la sangre se hizo evidente y tuvieron que salir corriendo a las Urgencias del Materno, el hospital más cercano. Allí, tras examinarlo el médico no tuvo más remedio que ponerlo en una habitación a esperar un desenlace mientras una máquina respiraba por él. Me imaginé su cuerpecito, menudo y canijo, sus gafas enormes y su pelo cobrizo. Todo en un estado de pausa absoluta, como si algún dios hubiera querido conservarlo con aquella belleza tan infantil. E imaginé su pecho moviéndose al mismo son que la máquina. Sin esperarlo, comenzó a toser más fuerte que nunca, tanto que se atragantó con su propia sangre y murió ahogado sin que nadie pudiera agarrar si quiera su mano.

Comencé a llorar. No estuve ahí. No pude despedirme. No fui una buena hermana.

Muchos años han pasado ya de ésto, exactamente 20 años desde que conocí a Nicolás. Y puedo decir sin pudor alguno que no ha pasado un sólo día que no lo recuerde. No sé exactamente qué hay después de esta vida, ni siquiera estoy segura que haya alguna fuerza superior a nosotros. Sólo sé que Nicolás me mira y me sonríe desde donde esté y que esa mirada aguamarina detrás de sus enormes gafas me habla cada vez que lo necesito.

Ésta es la historia de cómo perdí a mi mejor amigo, de cómo gané un hermano. Ésta es la primera vez que lo narro.


Ésta, es mi confesión.

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