¿Quién mejor compañera para un poeta que su musa? Para aquellos que gozamos del placer de la escritura nos supone un mundo no poder expresar algo que sentimos con la palabra escrita.
A veces ocurre que nos quedamos sin nada más que decir, y otras que, aunque lo intentemos, no conseguimos desarrollar por escrito aquello que sentimos o deseamos.
Esa es la muerte del poeta, la imposibilidad de crear, de expresar, de sentir...
Este poema lo escribí en un momento en el que sentí que se iba una parte de mí: la poesía.
La expiración
Shhh... callad.
Doblan las campanas para el poeta,
suena la triste trompeta
que le recuerda aquél trágico final.
Y bajo su ventana,
llora desconsolada una plañidera,
en honor a su verdad.
Shhh... callad.
La mano del poeta tiembla,
su garganta se quiebra
porque mañana no estará,
sus ojos vidrían lagunas
en una soledad incierta
que nunca escribirá.
Shhh... callad.
El silencio es dueño
en la casa del poeta,
ya no habrá deseo, ni sueño
que le devuelva su esencia,
no... ya no está.
Shhh... callad.
Pasa y recorre la casa
un encapuchado oscuro,
su sonrisa calavérica amenaza
lo que ha venido a conseguir,
señala con grueso dedo de escarcha
y dice, “he venido a por ti”.
“Gran Señor que atemorizas
al valiente guerrero,
déjame a solas un poco más,
déjame llorar mi desconsuelo.
Su figura, aún inmóvil,
me hace perder el aliento.
Déjame un poco más,
deja que llore en su cuerpo.
Deja que coja sus manos
para que sienta el calor de mis dedos.
Déjame que me arrodille,
una última vez,
ante tan grande monumento,
pues nunca volveré a ser
el mismo poeta
después que ella lance
su último aliento
para nunca más
volverme a hablar”.
Shhh... callad.
Callad y dejad al poeta
recitar sus últimos versos,
pues ha conocido la muerte en vida,
porque su musa, ha muerto.
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